
Aviso a navegantes: los espectadores que sean más republicanos que Vicente Rojo y sepan que no hay rey bueno deben recordar que esto es sólo ficción. No se lo tomen demasiado a pecho si les cuesta creer que el aquí entrañable Jorge VI fuera, ni de lejos, el buenazo empedernido que nos muestra la cinta de Tom Hooper. Una película que acaba siendo un canto a la amistad y al derribo de los muros clasistas, por muy altos que éstos puedan ser: algo así como una fábula del siglo XX. No en vano, la trama principal explica la relación entre el rey tartamudo, encarnado por el una vez más excelente Colin Firth, y su estrambótico logopeda Lionel Logue, al que da vida el siempre alocado pero cercano Geoffrey Rush. El Londres más gris que se recuerda haber visto en la pantalla -qué niebla más espesa- y la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo nos harán disfrutar del que es, aparte de los actores, su mayor encanto: el corte clásico que desprende la historia, contrapuesto a la innovación de algunos de sus planos para este tipo de cuentos.
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